«Hogar»: Cuando el techo de un ascensor también alberga
Por Mirtha Caré (eme.care@elcafediariook.com)
Edición: Carla Scardino (carla.scardino@elcafediariook.com)
Un joven desalojado busca un hogar y lo encuentra en el techo de un ascensor. Hogar, el libro de Enrique Decarli que contiene esta historia, también buscaba un lugar donde existir. Por su forma resultaba difícil de ubicar: demasiado breve para ser novela, demasiado extenso para integrar una antología de cuentos. Finalmente, igual que su protagonista, el libro encontró su lugar en Esa luna tiene agua, una editorial que decidió crear una colección para que ese texto pudiera, por fin, tener casa.
Entre lo cotidiano y lo fantástico
En esta entrevista, el escritor argentino Enrique Decarli cuenta cómo nació Hogar, un libro en el que conviven la extrañeza, los videojuegos, el desalojo, la música. También reflexiona sobre el tiempo de la escritura y el trabajo con la editora María Staudenmann.

¿De dónde nacen tus textos? ¿Qué cosas suelen disparar una idea?
En términos generales, salen de una cruza entre una situación real y un doblez fantástico, o extraño o absurdo, que imagino. Como si le diera una vuelta de tuerca. Como si redoblara la apuesta. Como si retrucara. Un amigo que es narigón tiene adentro de la nariz una silla. Un amigo que es chiquito, en realidad se está encogiendo, y así. Pero en verdad no sé qué los dispara. No reconozco un patrón. Los estímulos, si miro para atrás, me resultan muy diferentes entre sí. De pronto, me siento convocado. Creo que, más bien, tiene que ver con un estado interior mío. De mayor receptividad. De mayor sensibilidad.

Cómo encontrar un hogar
En el caso de Hogar, en particular, ¿cuál fue el punto de partida?
Hay una novela de Steven Millhauser, Martin Dressler, que en términos generales me aburrió, pero tiene dos grandes momentos. En uno de ellos, el protagonista, por la noche, pasea por el techo de su casa. Es una situación de absoluta soledad, intimidad y gran clima. Y aunque no tiene nada que ver una situación con la otra, yo creo que las emparenté. Quizás por la actitud de los personajes. Plantear la situación de Hogar, ese chico viviendo en el techo de un ascensor, fue mi manera de acercarme a ese gran momento, ese otro gran techo, de la novela de Millhauser.
En este libro convergen los videojuegos, un pibe que vive en un ascensor y, entre otras cosas, la música. ¿Cómo se dio ese cruce? ¿De dónde surge?
Uh… No lo sé. Yo creo que va sucediendo. Que es parte del proceso. Empezás con algo, el ascensor. Entonces te viene el recuerdo del videojuego. Y ves que en el cruce hay una poética. Y entonces los hombrecitos que persiguen al personaje del videojuego pueden ser también los consorcistas del edificio, y así se va gestando un universo que te sorprende a dónde puede llegar. Si me hubieras preguntado, cuando empecé a escribir, si iba a aparecer todo esto, te habría dicho que no. Del mismo modo, la escritura en la pared del hueco trajo la necesidad de un relato ajeno a la historia, y ahí apareció Música de Rayos X. Es muy generoso el proceso. Te va abriendo puertas.
De la escritura a la publicación
Este texto fue escrito en cinco días y, sin embargo, tardó nueve años en ver la luz. ¿Qué pasó en ese tiempo? ¿Qué hizo que esperara?
Siempre mis textos esperan mucho. Por diferentes motivos y en diferentes etapas. Tokio (Dualidad, 2023) esperó cuatro años para ser publicado. Y lo escribí en un mes. Flipper (Paisanita, 2016) lo escribí en tres meses y lo corregí durante seis años. No me gusta largar los textos rápido. Durante mucho tiempo siento que me falta profundizar el universo. Aprender sus reglas. Ajustar los climas. Tratar de entender la búsqueda de los personajes. Me gusta volver a visitarlos.
Después, una vez que se publican, sé que ya no lo voy a hacer más; tal vez ni siquiera los vuelva a leer. En este texto pasó un poco esto. Pero también es un texto difícil de publicar porque es una especie de híbrido. No es una novela corta, y como cuento es muy largo. Adentro de un libro de cuentos, lo deforma todo. Entonces tenía que encontrar su oportunidad, como la que tuvo en Esa Luna Tiene Agua con una colección especialmente diseñada para textos medio inclasificables.
De fantasmas y recurrencias
En esta historia reaparece el desalojo. Un tema que ya habías tratado en el relato Desfragmentar. ¿Hay alguna razón para esa insistencia?
Cuando era chico –muy chico, diez años como mucho– mi mamá me llevaba al colegio y vi, por primera vez, un desalojo. Todos los muebles en la calle. La gente, la familia, sentada por ahí. En una silla. En el sillón. Me impactó porque fue la primera vez que vi algo así. Porque no lo entendía del todo. Porque a pesar de que mi mamá me lo explicó, había un montón de cosas que no sabía o que no entendía. ¿Cómo que te podían sacar tu casa? Y la imagen, dentro del desorden, estaba de algún modo ordenada. La mesa y las sillas, por un lado, los sillones y el modular por el otro. Parecía que habían armado la casa en la vereda. Fue una imagen fugaz. Imaginate, pasamos en auto. Pero nunca la pude olvidar. Ésa es la imagen del cuento Desfragmentar (en Carrusel, Kintsugi Editora, 2018).
También aparece un elemento fantasmagórico, incluso fantástico, que se repite en tu escritura. ¿Qué es lo que te atrae de ese registro?
No lo sé. Son las cosas inexplicables que a veces rodean los universos creativos. Bueno…, seguramente tiene una explicación. Pero, digamos que, desde chico, siempre estoy jugando solo, inventando historias con mucha presencia de lo fantástico. Es algo que traigo de épocas tempranas y que nunca pude dejar atrás y que me sigue fascinando, como autor, como lector, como televidente de series o películas y que trato de transmitir. A sus diez años le hice ver a mi hija Stranger Things, Volver al futuro, Terminator. Siempre me gustó lo fantástico y me alegra que me siga gustando.

Donde los libros encuentran lugar
¿Cómo fue trabajar con María Staudenmann, editora de Esa Luna Tiene Agua?
María es una genia de la edición. Es todo lo que una persona que está por publicar un libro necesita. Es súper estricta, sabe un montón, es muy rigurosa, pero a la vez lo suficientemente flexible como para que la edición sea un verdadero trabajo de encuentro entre editora y autor. Pero, además, como también es muy buena escritora y conoce el oficio de la ficción, todo el trabajo de edición que hace lo hace, siempre, respetando la voz original. Sin desnaturalizarla. Y eso es fundamental.
Este libro inaugura la colección Garúa de la editorial. ¿Qué pueden esperar los lectores de lo que viene?
Yo no sé mucho sobre los detalles. Menos, sobre posibles títulos. Solo recuerdo uno: era algo así como una reescritura de un texto de Shakespeare. Lo demás que me contó María, me pareció muy interesante. Porque, como Hogar, son propuestas un tanto incómodas, que no la tienen fácil para encontrar su lugar editorial. Entonces, esta colección viene a hacerle un poco de lugar a esos libros y eso, de por sí, ya me parece un gran aporte. Muy lindo. Abre el panorama.
¿Qué más te gustaría agregar?
Nada más. ¡Ya me despaché bastante!




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