«El último gran golpe»: retirarse no es fácil
Por Gabi Composto (gabi.composto@elcafediariook.com)
Edición de Carla Scardino (carla.scardino@elcafediariook.com)
Russell Crowe y Manco, su personaje con acento albanés, arrancan El último gran golpe con un problema bastante más urgente que el de cualquier delincuente que quiera retirarse: su propio cuerpo le está avisando que ya no da para más. Después de una descompensación termina en el hospital y la doctora es muy clara: tiene que bajar el estrés. O cambia de vida, o el próximo susto puede ser bastante peor.
Crowe tiene que bajar un cambio
Su club nocturno le está destruyendo los nervios. Decide venderlo, pero a un buen precio, tampoco regalarlo: es el esfuerzo de toda su vida. Su novia –bastante más joven y con otra cabeza– le propone dejarlo todo y mudarse juntos a una isla tranquila, lejos del ruido y los negocios que durante años lo mantuvieron metido en el mundo criminal. El problema es que el club también funciona como fachada para lavar dinero de un cartel mexicano y, cuando en la calle le roban una importante suma parte de esa actividad, la posibilidad de una jubilación tranquila empieza a complicarse.
Así arranca El último gran golpe (The Get Out, como es su nombre original en inglés), el thriller de acción dirigido por Derrick Borte, que reúne a Crowe con un elenco de nombres ya conocidos para los adeptos al cine y las series.

Un último golpe que es un caos criminal
Crowe conoce el oficio y su personaje le permite jugar con la comedia, algo que le queda bien. Pero, inevitablemente, cuando las cosas se ponen fieras aparece ese Russell Crowe que conocemos de sus papeles de acción. Ya no es aquel gladiador, claro, pero todavía puede resolver unas cuantas situaciones con bastante estilo.
Varias historias avanzan en paralelo y, de a poco, empiezan a cruzarse. Un profesor universitario que le vende ensayos a los alumnos, una cajera de banco aburrida, un policía corrupto, un posible comprador del club de Manco, un sangriento jefe de cartel… Los problemas de uno terminan afectando a otros y lo que parecía una serie de conflictos separados termina convirtiéndose en un mismo quilombo cuando el caos se lleva puesto a todos.
Los giros funcionan porque no parecen estar atados con alambre. Mientras avanzaba la película fui sospechando de distintos personajes y cambiando de posible culpable, algo que habla bien de una vuelta que consigue mantener la atención.

La parejita que da el gran golpe
Parte del elenco son viejos conocidos de las series. Aaron Paul, inolvidable como Jesse Pinkman en Breaking Bad, conserva ese carisma que parece llevar a cualquier personaje. Nina Dobrev (de The Vampire Diaries) aporta con su cajera de banco una energía eléctrica, muy arriba, lo que se dice una loca linda. Y junto a Paul construyen en cada una de sus interacciones, de los mejores momentos de la película: una relación que se inicia bajo presión, que no termina de formarse como pareja, pero que juega permanentemente con esa confusa posibilidad.
Luke Evans y Teresa Palmer completan un reparto que cumple con lo que necesita la historia.
El humor aparece en los momentos justos. No es una comedia para descostillarse de risa, pero sí tiene situaciones que funcionan muy bien y que incluso provocan una reacción previsible en la sala.
Una trama para pasarla bien
Para redondear, El último gran golpe tiene acción, suspenso, traiciones, humor y varios personajes intentando sacar su propia tajada. No es una película que vaya a revolucionar el género ni pretende ser un wow, pero cumple.
Quizás el único punto flojo esté en el cierre: después de tanto movimiento y de una trama que se preocupa bastante por hacer encajar sus piezas, la resolución termina sintiéndose demasiado sencilla para semejante quilombo.
Pero si la idea de pagar una entrada es pasar un buen rato con un thriller criminal entretenido, con algunos giros que funcionan y un Russell Crowe que todavía sabe cómo ponerse en modo acción, no es una mala elección.



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